Carta del Capellán de nuestra Congregación


 
JESÚS CRUCIFICADO

Os invito en un rato largo a contemplar

  • a los que pasaban por allí,
  • a los que piensan que ya conocen a Dios,
  • a los dos crucificados con Él,
  • y a nosotros mismos
Los que pasaban por allí.

Los que pasaban por allí era gente que sabía a medias; que había oído hablar de Jesús y tal vez habían escuchado alguna vez sus enseñanzas; y aunque hubieran pensando que Jesús hablaba bien, habían seguido después por su camino, y ahora, al encontrarle en la cruz, se asombran de cómo ha ido a acabar.

Como es natural, empieza a salir ese gusto por la malignidad que está siempre presente en nosotros: si Dios estaba de verdad con él, no habría tenido esta muerte; eso significa que nos ha engañado, y las horas que hemos pasado escuchándole han sido una pérdida de tiempo. El evangelio apostilla, en efecto: «sacudían la cabeza».

Hay un atisbo de razón en esta gente; cuando el justo es perseguido y se encuentra en el extremo de sus fuerzas, los tradicionalistas dicen: «Cuando ha acabado tal mal, algo habrá hecho». Algunos se acuerdan también de algunas cosas que había dicho: «Había dicho que destruiría el templo (esta afirmación había pasado, ciertamente, de boca en boca, porque producía impacto), ¡pues que pruebe a salvarse, que muestre su poder!». Otros habían oído hablar de Jesús con más detenimiento, y, recordando que incluso pretendía ser Hijo de Dios, dicen: «Si es un amado de Dios, ¡que baje de la cruz!».

En semejante razonamiento, que parece de sentido común, subyace una cierta idea de Dios: Dios es el grande, el poderoso, el victorioso; quien se confía a él, aunque sea probado en momentos oscuros, triunfará al final. Si no triunfa, eso significa que Dios no está con él.”

A partir de esa idea de Dios nace el insulto, que se convierte incluso en blasfemia. Un insulto que es una especie de revancha: «Este hombre creía que podía decirnos quién sabe qué cosas, pero a nosotros sus palabras nos parecían demasiado extrañas, y ahora, por fin, se demuestra que nosotros, gente sencilla, teníamos razón». Es la revancha del que no se había comprometido demasiado, del que no había querido comprender.

Una vez más, frente a Jesús, incluso en el momento de su muerte, cada hombre se revela a sí mismo, manifiesta su mezquindad, la mediocridad de sus mismos pensamientos, y esta mediocridad se expresa de un modo tan espontáneo que las personas creen decir las cosas más sensatas.

Los que piensan que ya conocen a Dios.

“Vienen, a continuación, las personas que se habían sentido más amenazadas por el modo de actuar de Jesús: los sumos sacerdotes, los escribas, los ancianos, el Tribunal supremo (Sanedrín) en definitiva, los diversos grupos que tenían en su mano el poder religioso, el cultural y, en parte, el administrativo. Todos ellos son gente responsable, seria, que se burla y se mofa de Jesús, porque se ha descubierto el truco: «Este hombre nos impresionó por un momento, le habíamos tomado un poco en serio, pero ahora vemos que no valía nada, y no puede salvarse a sí mismo».

Es interesante ver cómo se revela la mentalidad de los sabios y poderosos: «Ha salvado a

otros» (reconocen que Jesús hacia milagros, algo que les ha impresionado) «no puede salvarse a sí mismo»; en consecuencia, en ese «salvar a otros» había algo que no marchaba como es debido.

«Cuando gritábamos que expulsaba a los demonios en nombre de Belcebú y él se indignaba, en realidad habíamos dado en el blanco. Nuestro razonamiento teológico, con el que habíamos desenmascarado su posición, haciéndonos odiosos para la gente, se revela exacto, porque no puede salvarse a sí mismo, aun concediendo que verdaderamente salvó a otros. Si es rey de Israel, como ha

dicho, como ha parecido declarar en la última sesión del sanedrín y ante Pilato, que baje de la cruz y le creeremos».

Entra en juego el momento religioso: «Que baje de la cruz, que muestre que tiene el poder de salvarse a sí mismo y entonces creeremos también que puede salvar a Israel». Al razonamiento teológico se añade una cita de la Biblia: «Se ha fiado de Dios, que lo salve ahora; ha dicho que era su hijo» (cf. Sab 2,18-20).

«Si verdaderamente está tan ligado al Padre, que Dios confirme la verdad de este vínculo».”

Los ladrones.

La tercera categoría de personas son los ladrones crucificados con Jesús. El hombre de la calle le insulta porque se ha sentido defraudado y engañado por él; los sacerdotes, los representantes de la cultura, porque los ha amenazado con su doctrina; los dos ladrones le insultan (como aparece por la confrontación con el relato de Lucas, o simplemente replanteando la situación) porque no les ayuda:

«Dado que tú, en este momento, eres un desgraciado como nosotros, decídete a demostrar que eres “alguien”, y sálvanos».

Pensemos en Jesús, que escucha sufriendo y agonizando estas palabras que tocan al corazón de su misión: la salvación, ser Hijo de Dios y Rey de Israel, el nuevo Templo, la capacidad de salvar a los otros, la confianza en el Padre. Todas las prerrogativas de Jesús se ven sometidas a prueba y ligadas por un hilo sutilísimo: «Si bajas de la cruz, creeremos; pero si permaneces en ella, no podremos aceptar todo aquello por lo que dices que has venido».

Nosotros.

Vamos a reflexionar sobre lo que nosotros, como gente de la calle, habríamos dicho a Jesús, aunque sin llegar al insulto. Vamos a ponernos en la categoría de aquellos que, en el fondo, no veían claro en lo que estaba sucediendo. Quizá también nosotros le habríamos dicho: «Creemos en ti, pero baja De la Cruz; ¡con que realices solo un mínimo gesto en este momento, muchísimos creerán en ti! Has hecho muchos milagros; si has venido para hacerte aceptar, ¿qué te cuesta hacer otro para hacerte aclamar? Haz que todos caigan de rodillas y griten: ¡verdaderamente era el Hijo de Dios, nos hemos equivocado!».”

“Sin embargo, Jesús apela directamente al Padre con las palabras inspiradas e infalibles del Salmo 22.

Sugiero a cada uno que pregunte al Crucificado el por qué se queda en la cruz. El Señor responderá:

«Reflexiona sobre con qué idea de Dios está conectada la demanda de los sacerdotes, de los escribas, de los ladrones, de la gente: la idea de un Dios poderoso, victorioso, que salva con un acto de fuerza. Ahora bien, la imagen de Dios que os traigo, por encargo del Padre, es la de un Dios que asume vuestra debilidad, vuestra vulnerabilidad, que se somete hasta el fondo a la libertad del hombre.

¿Cómo podría yo bajar de la cruz sin renegar de todo esto? Triunfaría la imagen del Dios poderoso, y yo no llevaría a término mi misión porque, en el momento decisivo, negaría la vulnerabilidad de Dios puesta en manos del hombre; habría dado crédito a vuestra libertad, pero solo hasta cierto punto. De este modo se pensaría que Dios no ha sido serio en su oferta de amistad, no se ha sometido a todas las consecuencias y, por consiguiente, en el fondo, no ama al hombre, ni su libertad». ¿Cómo se podría afirmar que la misericordia de Dios no tiene límites, si en un determinado momento dijera:

«¿Basta, el experimento ha terminado, ha ido demasiado lejos, no habéis comprendido»?

Preguntémonos, pues: ¿Cuál es el Dios en el que creemos? ¿Es verdaderamente el Dios del Evangelio, el Dios de la revelación de Jesucristo, el Dios que ningún filósofo ha podido pensar o imaginar jamás, que se revela por sí mismo en el Crucificado, ¿al que no se puede reconocer a no ser por medio de una conversión total del corazón?

Pidamos al Señor y a nuestra Señora, que vivieron esta dramática y seria revelación del Padre, que la impriman en nuestro corazón, que nos ayuden a comprender lo alejados que estamos de saber verdaderamente de Dios.

Nosotros queremos a un “Dios” como nosotros lo pensamos espontáneamente pero no como. El se reveló en Jesús. Y así pensamos en “Dios” que nos pruebe, pero que al mismo

tiempo nos salve antes de que las cosas vayan mal, que no tenga en nosotros la confianza tan total que tuvo en Jesús. De una manera espontánea e incremente volvemos siempre, sin quererlo, a una imagen de Dios a nuestro servicio, al servicio de nuestro poder, de nuestro éxito, no a un Dios al que podemos y debemos confiarnos totalmente, tal como Jesucristo se confió.

Dios es para nosotros como un mar al que lanzarnos, aunque con algún pequeño instrumento de salvamento, porque de este modo, si el mar no nos sostiene, conseguiremos salvarnos.

Jesús no presenta a Dios así, Jesús es Dios con nosotros y nos pregunta: «¿Estás dispuesto a abrir el corazón al Dios del Evangelio y a todo lo que comporta esa aceptación?».”

PD: Os invito a meditar tranquilamente en estos días un librito “Relatos de la Pasión” de C. M Martini. Lo anterior está recogido de allí.

Pedro Ortega Ulloa

Capellán de la Congregación

De la Vera Cruz.